Adivinanza de amor




Adivinanza de amor


El frío del invierno nos unió
y nuestra conversación escasa,
pero dulcemente estrecha,
nos condenó.
Ahora al leer estas líneas,
verás reflejado en el corazón
de este solitario socarrón,
las más tiernas sinfonías.
Pues, para ti se creó esta poética,
la adivinanza de este amor,
que siendo un poco patética,
te declara todo mi honor.
¿Acaso no ves aquel camino?
¿Ese que parece ser nuestro destino?
Aquel donde yo deseándote voy,
 preguntándome si sabes quién soy.  

                                                             Imagen: Hamza Butt (Flickr)

Mi ave eléctrica



La electricidad le daba energía,
sus alas débiles y adoloridas, 
escaparon de las siete heridas
que su pico chueco recogía. 

Voló, voló lejos del salvaje lobo,
escondiendo sus viejos tesoros
en esos suaves ojos los muros, 
de un fiel corazón que no robó. 

El príncipe que carnívora agonía
sentía tras su inevitable partida,
cantó los ruegos de la triste melodía,
que enseñó su ave bien nacida. 
¡Oh, Atenea, tus ojos de lechuza!

Cuidar a mi enamorada ligera,
que colorida y piel de gamuza,
transforma la tierra en la vieja era. 
¡Escuchar mis lamentos, 
consumir mis tormentos!

Que hoy ha partido desvaída,
Al alto cielo de la turbia vida.
¡Destrozar mis grandes torres,
derrumbar mis tallados monumentos!
¡Que escuche el viejo Ares,
como se queman mis circuitos! 

Pues bella y eléctrica la creía,
enchufada en el real vestíbulo, 
destrucción y agobio le concebía
a mi ave luminosa, amor disimulo. 




Imagen: Aftab Uzzaman (Flickr)

Historia de un cobarde



Apto para mayores de 12

Para Lalito. 

El niño miraba desde su ventana el cielo nocturno. Era una noche tan oscura que parecía destellar rayos azules entre las pequeñas estrellas.
—Mamá, ¿crees que algún día podré ser como mi hermano mayor?
— ¿Por qué dices eso, Willy…?
—No lo sé, mamá, sólo quisiera pensar que algún día seré tan alto como Steve… Que podré acercarme a las chicas como él lo hace con Erika, y encontrar ese algo que él presume siempre. Ese algo que se siente fuerte, así como lo describe él.
—Hijo mío, estoy segura de que algún día lo harás.
—Estoy nervioso, mami… Creo que el día de la boda vomitaré en frente de todos. No quiero sostener el vestido de Erika, ni que la gente me señale o que las niñas se rían de mi sosa corbata.
—Tengo la certeza de que nadie se burlará de ti y de que las niñas estarán encantadas con tu apuesta apariencia. Eres muy guapo… más que Steve, pero no se lo digas. Es nuestro secreto.
  El niño rió y se sumergió entre las sábanas. Era una noche fría y lo que más lo consolaba era abrazar a su osito de felpa, o como Willy lo llamaba: Lalito. Lo tenía desde que tiene memoria. Su padre se lo había regalado cuando tenía un año y el osito tenía su estatura. Desde ese entonces nunca iba a ningún lado sin él.
—Mamá, ¿crees que soy infantil?
—Wow, Willy, hoy estás muy raro. ¿Acaso te sucede algo?
—Sí, estoy pensando en algo seriamente y creo que estoy llegando a una conclusión.
— ¿Qué cosa es, Willy?
  Su madre, una mujer alta y esbelta, de unos cuarenta y siete años y tez increíblemente conservada por la edad, guardaba la ropa de su hijo pequeño en el ropero mientras sopesaba los pensamientos existenciales del mismo.
—No quiero crecer nunca.
—Dios Santo, eso será algo difícil de realizar, casi imposible... Todo mundo tiene que crecer, Willy... Es parte de nuestra naturaleza.
—No quiero.
—Pero si acabas de decir que querías ser tan alto como tu hermano y poder acercarte a una chica para besarla y todo eso que se hace cuando uno está enamorado…
—Pues me he equivocado, ya no quiero crecer.
  Su madre, siempre paciente, estaba cansándose de las contradicciones de su hijo.
—Bueno, hijo, piensa en que cuando seas grande podrás tener un coche y una casa… Ya no tendrás que pedir tantos permisos porque estoy segura de que serás un hombre de bien y harás lo correcto, ante todo.
— ¿Y lo correcto es crecer? ¿Por qué no puedo quedarme de siete años y abrazar y llevar a Lalito a todos lados? ¡¿Por qué no?!
—Porque… no. Los niños tienen que crecer.
—Pues yo no creceré, mamá. Lo he decidido.

Willy estaba muy ansioso, sentía que el corazón se le saldría del pecho y que en cualquier momento un líquido calentito y amarillo resbalaría por su blanco pantalón de gala.
—No quiero, papá. Mira, toda la gente grande tiene cara de pericos enojados y creo que si uno se enoja me comerá vivo.
—No seas payaso, Willy. Tú eres un hombre valiente.
—No, papá, ni soy hombre ni soy valiente. Soy un niño que no quiere agarrarle el feo vestido a su cuñada porque le tiene miedo a la sociedad de los pericos.
—No, Willy, no tengas miedo, tu madre y yo estaremos cuidándote. Además, ya eres un niño grande…
—No es verdad…
—Sí que lo eres -los ojos azules de su padre se habían endurecido, era un hombre gigantesco y usaba un mostacho grande y retorcido-. ¡¿Lo harás?!
—No…
—Si no lo haces, no volverás a ver a Lalito. A fin de cuentas, ya estás muy crecido como para que juegues con peluches.
—No, no, sí lo haré, papá…
  Y el pobre de Willy, temeroso del mundo de los familiares pericos salió caminando como le habían dicho que lo debía hacer. “Uno, dos, uno, dos”, recitaba en su cabeza, pero cuando iba apenas a mitad del pasillo, una de las niñas que llevaba las canastas con pétalos de rosas le arrojó accidentalmente un puñado de ellos en los ojos y se tropezó, jalando con él la cola del vestido de la novia y tirándola desde el altar. La insípida mujer cayó rodando por el largo pasillo, quedando enredada como un burrito mexicano entre su vestido. El hermano de Willy, lo miró enfurecido y rojo como un jitomate, y desde ese día Will supo que nunca se casaría, pues era lo peor del mundo. Salió corriendo y tomó a Lalito, lo apretó contra su pecho y se escondió entre unos arbustos para nunca salir…
Pero los años pasaron y el mundo de los pericos se volvió aún más hostil. Todo el mundo recordaba el trágico día en que Will le había arruinado la boda a su hermano.
  Pero lo superó. Su hermano también lo hizo, y sus padres habían puesto las expectativas de un hombre valeroso en él. Pero Will… ¿Qué quería Will? ¿Realmente quería hacer todo eso? ¿Realmente superó el miedo a platicar con las chicas? ¿Perdió el miedo a hablar y hacerse escuchar? O lo que es peor… ¿a tomar sus propias decisiones…?

Y así, una noche de verano, tomé el teléfono y dije con voz ronca y temblorosa, con esa voz que es sólo mía y de nadie más…
—Me voy a casar.
Mi mano estaba aferrada al teléfono, sentía que se resbalaba por el sudor de mis dedos, no quería soltarlo… No quería dejarlo caer, pero tenía que hacerlo.
— ¿De qué demonios hablas? —su voz había adoptado un tono divertido, incrédulo, y eso era lo que yo más deseaba, que todo lo que le estaba diciendo fuera una vil mentira, un sueño más para el Hades.
— …
—Ya, deja las bromas, Will —su risa había dejado de ser tan certera, era como si la noticia poco a poco tomara el efecto de un anestésico en sus anheladas fantasías—. ¿Te veré hoy?
—Creo que no lo has comprendido… Ya no puedo verte —sentía cómo mis ojos se llenaban de lágrimas, lágrimas que se acumulaban en mis párpados gracias a esta situación tan errante, tan cruel.
—Entiendo que te encantan las bromas de mal gusto, ¿por qué me dices eso? ¿Acaso crees que es gracioso?
—No, no lo es… Porque no es una broma, todo es real. Tan real como el amor que te tengo, como el amor que me veo obligado a aprisionar con los barrotes más duros y fríos que existen.
—…Acordamos que tomarías una decisión después del invierno, ¿por qué? ¡¿Por qué ahora?!
—Las circunstancias me han arrastrado hasta aquí, mis mentiras crueles, mi cinismo ante dos corazones inocentes. Y todo es culpa mía, yo soy el culpable. Sólo yo.
— ¡Lo eres! ¡Eres un estúpido! —sus gritos se clavaron como dos estacas en mi corazón, pero ya no dolía, no tanto como lo hacía mi inminente despedida.
—Lo siento, en verdad…
— ¡No te puedes ir así! ¡No por una llamada telefónica! —mis labios temblaban y el sudor destilaba por mi frente. Sentía un ardor frenético en el pecho, como si me estuvieran arrancando las vísceras. Era un cobarde, siempre lo fui, no había otro adjetivo mejor para mí: un cobarde.
—Lo siento, amor… En verdad lo siento —escuchaba su respiración al otro lado… estábamos separados, pero en la misma ácida realidad—. Espero que algún día puedas perdonarme —y colgué, cerrando con un “click” mi teléfono celular, y así… con un “click”, di por finalizado el sentimiento más grande de todos, lanzando  mi corazón a los aires, a los miserables cobardes.
Salí de la cafetería y me entregué al sol ardiente del verano sumergiéndome entre las grandes masas citadinas, tratando de no cruzarme ante otro destino fiel y valiente, tratando de no contaminar más esta ciudad, esta robótica realidad.

      Los copos de nieve caían tal como las desvaídas plumas, el viento glacial me penetraba los huesos. Sentía como si fuera una figurilla de cristal a punto de estrellarse. Mis sentidos estaban adormecidos, no sentía nerviosismo ni emoción. Era un día más en mi aburrida vida. Lo único evidente para mis adentros, era que el día de mi condena había llegado. Ese día firmaba oficialmente mi encierro.
  Entré a casa y ahí estaban mis padres, con una sonrisa de orgullo y suficiencia. Mi madre me entregó un paquete blanco, grande y ancho; y mi padre, me dio un par de negros zapatos bien lustrados. Yo los dejé en la mesa y mis padres me dieron un fuerte abrazo. Mientras lo hacían, escuchaba el cantar del pajarillo que estaba afuera en una vieja jaula, y pensaba que así me vería en cuestión de unas horas, prisionero de mi propia cobardía. Pero todo se tranquilizaba cuando escuchaba a mi madre sollozando, y a mi padre firmemente apretando mi torso mientras los dos me susurraban con cautela: “Estoy orgulloso”. Pero yo… ¿Yo lo estaba?
  Tomé el paquete y los zapatos negros bien lustrados, me volví y me dirigí a mi habitación subiendo las escaleras lentamente, esperando que cada escalón midiera kilómetros y así pudiera tardar otros mil años en llegar a mi destino.
  Cuando entré a la habitación, me recosté en mi gran cama, aquella que me escuchó en mis momentos más bochornosos y tristes, y una vez más aferré los dedos entre las sábanas. Mordí la almohada y ahogué un grito de desesperación. Estaba agobiado, esperaba que todo fuera un sueño.
  Me incliné y tomé un oso de felpa viejo, que tenía una carita linda y tierna. Recuerdos de mi infancia llegaban a mi mente, uno tras otro desfilaban en una pasarela conmemorada a mi pasado, cuando todo era más sencillo, más fácil.
  Recuerdo cuando mi padre me lo regaló. Yo me había enamorado de él desde el principio, por su suavidad y su ternura, pero luego llegó mi padre con un viejo triciclo y dijo que tenía que aprender a andar en él. Caí una y otra vez, pero las dolorosas heridas en mis rodillas me enseñaron que nada era sencillo, que el destino era un juego donde la humanidad era un engañoso contrincante, pues algunos serían mis partidarios y otros se vanagloriarían al verme perder.
 Lo acaricié durante casi media hora, pero para mí fueron tres minutos. Un lapso corto, pero suficiente para pensar en mis decisiones, mis nefastas decisiones… Así que me levanté y me quité lentamente la ropa, pero con cada prenda que caía, imaginaba sus dedos acariciándome los hombros. Recordaba su rostro tallado como el fino marfil, terso como las nubes, y sobre esa obra de arte, su dulce sonrisa, que le dibujaba un par de tenues hoyuelos, aparecía para firmar la obra de un dios… Su risa sonaba en mi mente, tan estridente, tan apacible… como la música de las musas, esa musicalidad de los gorriones matutinos.
  El agua de la ducha recorría mi espalda… tan tibia, tan penetrante como sus besos, como su amor. A mí me era inevitable retener las lágrimas de estos vacíos ojos que ahora buscaban su tesoro, los ojos que habían visto al monumento de la naturaleza forjado por la paz y la armonía, estos mismos ojos que ahora eran incapaces de encontrar su sonrisa, sus dedos… de encontrar las puertas a un corazón enamorado… sus ojos.
  Salí y me soné los mocos mientras me ponía en cuclillas. Estaba empapado y una parte de mí sabía que la mitad era agua y la otra ese sudor frío que no dejaba de hacer presencia con cada día de la semana. Estaba aterrado, quería salir y gritar, quería ser libre como las aves, no una asquerosa ave eléctrica. Ya no quería ser objeto de orgullo, de perfección sin sentimientos. Quería sentir lo dionisíaco de la vida y embriagarme con la dulce libertad.
  Pero eso era un sueño… Un estúpido sueño, y yo, un cobarde frustrado, un miserable sin rumbo. Incapaz de superar los gritos de las grandes masas, dócil ante lo erróneo de la vida, incrédulo de los héroes y la armonía, incrédulo de mis deseos y de mí mismo. Era un estúpido enamorado, un romántico fracasado.
  “Tock, tock”, la puerta sonó y yo casi resbalé. Era mi hermano, quien quería saber si ya estaba listo. Pero no lo estaba, nunca lo había estado. Sin embargo, dije desde el otro lado de la puerta: “sí, no te preocupes, ya casi estoy”.
 Así que me puse la camisa, me subí los pantalones y los apreté bien con el cinturón, el cual iba a la par con mis zapatos negros y bien lustrados, tan brillantes como la noche. Me puse el saco y me ajusté el moño… el moño que mi padre había usado en su boda, tan rojo como la sangre que ahora se congelaba en el interior de mis venas.
  Miré mi espejo y este reflejaba un cuerpo debilucho, pálido y ojeroso, y yo me preguntaba: “¿ese soy yo?”. ¡Oh, falso retrato que reflejas auténtica mentira, felicidad artificial! Era débil y absurdo, un mentiroso hasta para mis sentimientos. Pero el show tenía que continuar y me encaminé hasta la puerta, miré una última vez mi oso de peluche y me quedé petrificado al recordar que él guardaba un secreto que me pertenecía. Lo tomé y lo saqué conmigo.
  Mis padres me estrujaron nuevamente entre sus brazos y yo me apresuré con mi hermano para subir al coche. Les sonreí y me puse el abrigo. El día estaba cada vez más nevado y el cardenal que se encontraba fuera de casa, dentro de su jaula, no dejaba de aletear, desesperado, buscando la libertad. Así que cuando salimos, tomé la jaula y abrí la portezuela, dejando que el rojo plumaje del ave se entregara a los aires, cosa que a mis padres no les agradó, pero lo pude ver feliz, volando ágilmente y abrazando la libertad, esa libertad que yo nunca podría probar… Y era tan hermoso ver el rojo contrastando con lo blanco, los colores de la libertad, ahora mis colores favoritos.
Mi hermano había puesto latas vacías en la parte trasera del coche y todos parecían maravillados con ello… Todos menos yo.
  El camino era largo para mí, demasiado largo, eterno sufrimiento. Pero después comencé a recordar… Y mis manos sudaban, mi corazón latía fuerte y lo único que deseaba era romper los barrotes de esta vieja jaula.
  Cuando llegamos me vi asfixiado por los abrazos de millones de familiares, amigos y conocidos que estaban “orgullosos” de verme, ataviados y con enormes regalos que prometían cosas valiosas. Pero yo estaba aterrado, me moría del miedo… ¿En qué momento me había convertido en un hombre? ¿En qué momento había decidido dejar lo más valioso en el vacío del olvido?
  Y justo cuando escuché que la novia estaba a punto de llegar, un golpe aterrizó en mi pecho. Había dejado mi viejo oso en el auto, mi viejo… Lalito.
 Corrí hasta el coche y abrí la puerta trasera. Saqué mi oso y lo aferré a mí. Lo necesitaba, no podía regresar a la sociedad de los pericos, no quería alimentar a esas bestias con mentiras, no quería complacerlas. Ya estaba harto de enaltecer sus ideales.
  Y entonces, el calor regresó a mí cuando sus dedos tomaron los míos. Las mejillas se me enrojecieron y los ojos se me llenaron de vida. El tiempo se había congelado. ¡Estaba ahí! Y entonces me volví… y lo vi. Era él, tan perfecto con su piel de marfil, con la suavidad de las nubes y la dulzura de un viejo cuento. Lo abracé, fuerte, pero él ya no estaba.
  Y entonces, lo solté y me miró acariciando mi alma, pero algo en él había desaparecido… Se había ido, ya no me pertenecía.
  Así que le di la única parte de mí que valía la pena; no un beso, no un abrazo ni diez mil millones de monedas. Le di a mi Lalito, le di mi pasado y mi absurdo presente. Y caminé hacia mis padres, hacia el mundo de los pericos.
Ella ya había llegado y lucía hermosa. La besé con mis labios falsos y la amé con mis sentimientos falsos, cerrando la vieja jaula de un viejo cardenal.

Imagen: Don Merwin (Flickr)

Nuevas estrellas



"…poco después de ver la ferocidad de las masas, las falsas esperanzas de los héroes, la errante ideología del que quiere ser grande a costa de todo, inclusive del dolor; me percaté de que había algo más allá de eso, más allá de un traje de marca y unos tacones rojos y brillantes, más que miles de aplausos o una cara bonita, más que promesas pomposas y maquilladas con un perfecto destino… Había luz, había amor y sacrificio. Y me puse en pie, levanté la quijada y caminé, erguido, mirando las nuevas estrellas".


Imagen: Kris Williams (Flickr)

Perfecta ilusión



Apto para mayores de 15

Era una mañana brillante, perfecta en muchos sentidos. Las golondrinas cantaban afuera de mi ventana, los vecinos seguían su “fabulosa” rutina y me saludaban con una sonrisa de lado a lado: hipócritas, siempre hablando a mis espaldas. Pero eso no importaba, yo estaba muy feliz de que los luminosos rayos del sol penetraran en mi habitación y me regocijaran por su esperada llegada. 

Elegí un vestido amarillo, sin mangas y corto hasta las rodillas. Debo admitir que me puse un poco de ese labial rojo que mi mejor amiga, Jessy, me obsequió. Aunque yo creía que era para mujeres atrevidas, hoy se ameritaba su uso.  Me puse unos tacones bajos y coquetos y me recogí el cabello con una diadema igual de marrón que los zapatos. Entonces, mientras tamborileaba por mis anteojos, en la puerta se escuchó un “toc-toc” muy sonoro. Sentí que la sangre se me acumulaba en los pezones y que las mejillas se me enrojecían. 

Corrí velozmente hasta la puerta y abrí ansiosa de verlo. Era el hombre más atractivo del mundo: la camisa se le pegaba al fornido abdomen y, en la parte de sus marcados pectorales, se le podían apreciar rizados vellos sobresaliendo entre los botones. Me miró con esos ojos tan azules y cristalinos y yo jadeé, puesto que me quedaba hipnotizada por esos labios carnosos y esas facciones tan masculinas y marcadas, las cuales no opacaban la ternura de sus ojos juguetones y ardientes. Era, en mi opinión, el hombre perfecto.

 — ¿Nos vamos, querida? 

Yo, emocionada, tomé uno de sus gruesos brazos y me dejé llevar con gran ligereza, puesto que él hacía que me sintiera como en un cuento de hadas. Y justamente por ello la gente me juzgaba, diciendo que un hombre como él sólo era una farsa, que debía tener cuidado, puesto que nunca sabría en qué momento dejaría de funcionar. Cuando me decían eso, yo me quedaba muy desconcertada. ¿Cómo que yo no sabía en qué momento dejaría de funcionar? ¿Funcionar qué? Si nuestro amor no era un aparato que requiriera baterías o electricidad, nuestro amor era… Bueno, no sé cómo describirlo, era perfecto. 

Él solía llevarme a caminar por los más hermosos parques, y hoy era turno del parque que se encontraba en el centro.

Cuando llegamos, sus dedos suaves se entrelazaron con los míos. Yo lo miraba y sonreía, y él lo hacía al mismo momento que yo, como si estuviéramos sincronizados. Era casi sistemático.

En ese momento, pasamos por un camino empedrado que desbordaba flores silvestres, las cuales se movían con la suave brisa que provenía del pequeño lago, donde nadaban patos y cisnes. Siendo estos últimos mis aves favoritas, lo sujeté y lo arrastré hasta llegar al lago, pero él se estremeció y prefirió alejarse de ahí. Yo estaba consternada. 

—Tom, no sabía que te asustaba el agua.

—No me asusta —masculló casi sin voz—, tan sólo prefiero estar un poco más alejado y mirar tal perfección de la naturaleza.

—Eres un romántico, Tom, ¿qué hice para tener a un hombre como tú? —él me miró con esas dos esferas de cristal, profundas por el reflejo del agua. 

—¿Qué hice yo para ganarme a una joven como tú? Llena de vida… Pareces una flor, con esos cabellos dorados como el sol y esos ojos marrones como la corteza de aquel árbol donde grabé con mis uñas ese corazón que revelaba nuestra promesa de estar juntos para siempre. Hasta el final. 

De mis ojos resbalaban lágrimas y él me miraba, conmovido pero inmutable. Y quiso secarme las lágrimas, pero yo lo hice antes.

—Sol, tal vez deberíamos volver, está oscureciendo y las nubes amenazan tormenta.

—Sí, será mejor que lo hagamos.

Me abrazó y me sostuvo en el aire por algunos segundos, luego me colocó de nuevo en el césped y sentí que me calentaba ante tal monumento. Estaba excitada, pero más allá de eso… estaba enamorada.

Caminamos de nuevo por el camino empedrado mientras él se quedaba absorto mirando las estrellas y, como si se hubiese dado cuenta de mi imprudente mirada, me dijo sin dejar de mirar las estrellas: “Eres la luz más bonita que he visto, ¿lo sabes?”. Y antes de que pudiese responder, se volvió y me clavó un beso que me subió hasta las mismas estrellas, y sin aliento me quedé.

Cuando llegamos a mi casa hice que entrara y abrí una de mis mejores botellas, luego le serví una copa, pero él dijo que era mejor no tomar, puesto que mañana tendría trabajo y no quería tener problemas con su jefe. Era curioso, él nunca hablaba de su trabajo, y ahora que lo pienso, nunca había tomado una copa conmigo o un helado, siempre era yo la que bebía o comía. Pero eso no me importaba, así que yo misma me tomé la copa que le había servido y comencé a besarlo con más intensidad. Sus suaves dedos se deslizaron por mi espalda y las llamas se apoderaron de mí, pues mis pezones se erizaron y mis cabellos detrás de ellos. El calor emanaba de mi cuerpo. Lo tenía ahí, tan bello, un Narciso de la mitología griega encarnado en esta nueva era de tecnología. Nos desnudamos y sólo me dejé llevar por él, puesto que sus dedos eran más que suficientes para consumir las llamas del gran pecado del cual éramos cómplices. 

A la mañana siguiente, se despidió dándome un beso en la frente y me susurró un tierno: “Te amo”. Yo, me quedé embelesada en mis sueños, donde sólo existíamos él y yo, nadie más.

Me despertó el sonido del teléfono, era la voz ronca y vieja de mi madre, quien me avisaba que vendría en la tarde para hablar de un asunto muy serio conmigo. Yo, indiferente, le dije que estaba bien y que la esperaba (a regañadientes).

Limpié la casa y ordené todos los libros que había leído durante la facultad. Todos ellos eran de ciencia, física y química, sin embargo, desde que conocí a Tom, mis libreros se habían llenado de bobas, pero hermosas, novelas de época. Cada vez que leía una página de esas reflexionaba y me decía a mí misma: “No puede existir, ni en la más sublime literatura, hombre tan perfecto como el mío”.

Tomé el plumero y sacudí los sillones, luego me encaminé a la cocina y preparé un perfecto estofado para mi amado, el que ahora tendría que compartir con mi madre, quien no estaba muy de acuerdo con la relación que llevaba con Tom. Era una mujer conservadora y dura, como toda típica mujer de su edad.

Luego, antes de que lo olvidara, rocié un poco de atomizador aromático para desaparecer el delicioso aroma de la loción que yo misma le había comprado a mi Tom.

Cuando mi madre tocó a la puerta, yo ya me había dado un baño, puesto que tenía un poco de lodo en los pies, cosa que seguramente se lo debía a mi excursión del día anterior con el hombre más maravilloso del mundo. Abrí y una mujer considerablemente más bajita que yo me saludó con un beso en la mejilla.

— ¿Cómo te encuentras, cariño?  

—Perfectamente, madre, mejor que nunca, debería decir —sonreí para convencerla de todo, pero ella siempre me miraba como un médico analizaba la muestra de alguno de sus pacientes—. Pero pasa, siéntate, traeré un poco de té. Debes estar muerta de frío. A comparación del día de ayer, hoy estamos en pleno invierno. 

—Tranquila, tan sólo es una brisita, hija —decía mientras inspeccionaba la casa, seguramente buscando rastros de Tom… Oh, Tom—. Y… y dime, querida, ¿qué tal va todo con ese…?

—Perfecto, él se comporta maravillosamente. Ya te lo había dicho, es tan romántico…

—Hija…

—Madre, no lo entiendes, soy muy feliz, ¿por qué no puedes ser partícipe de esto? —mi madre me miraba con desaprobación, pero a la vez, sus ojos dejaban ver una pizca de lástima—- Te necesito. 

—Lo siento, hija mía, esto no puede ser. 

—Pero es un hombre perfecto, siempre ha estado cuando lo necesito, me acompaña a todo lugar, me hace reír, es muy cariñoso y, si fuese poco, es muy distinto a todos los demás que he conocido, a todos aquellos que sólo me han buscado por mis bienes económicos, por mis títulos y galardones —la expresión de mi madre se había transfigurado, ahora parecía tener realmente lástima—. Todos… Incluso, muchos tenían otras mujeres en sus camas mientras salían conmigo y Tom, ¡Tom no me haría eso! Y, ¿sabes por qué? Porque confío en él y lo conozco tan bien como me conozco a mí misma. 

—Sol, estoy asombrada, tú realmente lo amas —me tomó de la mano y su calor me hacía sentir protegida—, pero, hija mía, esto no puede seguir así, todo esto… no puede ser real. 

—Lo es, madre. Lo es.

—Yo sólo quiero lo mejor para ti y no quiero que te lastimen, soy tu madre… Y sabes que te apoyaré siempre, a pesar de lo muy equivocada que estés —sus lágrimas me estremecían—. Será mejor que me retire, querida Sol y, cariño, no olvides que te amo.

Mi madre cada día estaba más retorcida. Estaba rosando su edad senil, ni siquiera puedo creer que aún se permita salir a la calle. Su voz aún permanecía en mi cabeza y yo sólo quería olvidarla. Me recargué en un librero, pero lo hice con tanta intensidad que los libros se tamborilearon y algo me pegó en el hombro cuando cayó. Era algo semejante a un chip. Me pareció extraño, pero pensé que seguramente se le habría quedado a Tom. 

Puse el estofado en la mesa y Tom, mi hermoso, llegó, sonriente como siempre. ¿Cómo lo hacía? Siempre lucía muy bien. En ocasiones me sentía acomplejada a su lado, pero luego él me decía que no podía existir mujer más hermosa en el mundo que yo y le creía, puesto que si existía una mujer más maravillosa que yo, él seguramente estaría con ella. 

—Querida, qué rico huele, pero ya te había dicho que estoy bajo una dieta rigurosa y no puedo comer esto. Lo siento.

—Pero… Lo hice pensando en que tal vez…te gustaría. 

—Lo sé, querida mía. Mejor come tú, y al final vayamos a dar una vuelta, creo saber de un lugar encantador. 

—De acuerdo…

Comí deprisa, pero algo en el pecho se retorcía y me hacía sentir extraña, como… desilusionada, pero, eso no podía ser, ¡en absoluto no! Él me ama y no lo hace a propósito, es por su bien físico, algo que realmente disfruto.

Cuando caminábamos por las noches yo siempre me sujetaba de su brazo y él me susurraba cosas lindas que me hacían sonreír. Me hipnotizaba, era como un hechizo que sólo él podría conjurar.  

A veces me preguntaba por mis investigaciones. Era muy curioso e inteligente. Nuestros debates eran interminables: pasábamos por centenares de callejuelas hablando del universo, de los avances de la tecnología y sobre la posibilidad de crear “vida”. A eso último él se refería con los robots, pero lo que a él realmente le llamaba la atención era la astrología. Amaba hablar de planetas y estrellas. Podía pasar horas hablando de eso sin cesar y a mí me encantaba.

Pronto llegamos a lo que parecía un gran museo. Un oficial, al verme, frunció el entrecejo y luego lo suavizó saludando con energía.

—Doctora Row, qué agradable sorpresa, ¿qué la trae por aquí?.

Pero antes de que pudiese contestar, Tom lo hizo. 

—Queremos saber si hay alguna posibilidad de que nos deje entrar al cuarto de música.

El oficial lo miró con extrañeza y luego me miró a mí como si no me conociera, y accedió. 

Entramos al gran salón de música. Estaba lleno de instrumentos: flautas, clarinetes, trompetas, violines, chelos, guitarras y un par de pianos, o al menos era lo que yo alcanzaba a ver. El piso de madera brillaba por el reflejo de las estrellas asomándose tras la gran ventana de cristal que era más grande que la misma pared. 

Entonces Tom me tomó con su fría mano y me arrastró hasta donde estaba el chelo. Con solemnidad, comenzó a tocarlo. Era algo melancólico, pero a su vez era verdaderamente hermoso. La claridad y la afinación tomaban presencia en la habitación vacía. Poco después, cambió el instrumento y comenzó a tocar el piano con verdadera agilidad. Era impresionante, pareciera que había nacido para ello. Era capaz de imitar a Freddie Mercury y a su vez a John Lennon. Me dejaba anonadada.

Él era la sonoridad del viento, los chasquidos de las ramas, los borboteos del agua hirviente, los tintineos de los cascabeles navideños, el estruendo de las campanas, las cuerdas de las guitarras y los violines, el cimbrar de los tambores, los ululares del triángulo, los susurros de las flautas y la apasionante voz del piano. Él era la música…y yo, su mujer, aquella que hacía sonar sus tacones cuando escuchaba su música.

Tom se paró y yo, incrédula, escuchaba la música aún sonando por todo el lugar. Me tomó de la cintura y comenzamos a bailar. Él era fuerte y rígido como una roca, y yo simplemente un pedazo de tela que volaba sobre él. 

Cuando se hizo demasiado tarde y las estrellas parecían haber apagado un poco su luz, salimos a la oscura noche y caminamos felices, bailarines por las calles, pero… ¿las estrellas pueden perder su luz? Entonces me percaté de que el cielo estaba lleno de nubes, todas cargadas de agua. Emocionada por ver a mi hombre con el cabello mojado y la camisa pegada al cuerpo no me atreví a advertirle.
Llegamos hasta un malecón y noté que él no dejaba de mirarme, así que lo encaré y le pregunté por qué me miraba tanto. 

—No lo sé… Eres perfecta para mí —sus dedos se entrelazaron en mi cabello y me besó tiernamente—. Nunca te he agradecido por todo lo que has hecho por mí. Desde que te conozco me has mostrado lo bueno que puede ser este mundo y tú… mi querida Sol, la más brillante, eres mi estrella favorita. 

Y nuevamente, me acarició el rostro y mientras me limpiaba una lágrima con sus suaves dedos, me sonrió y sentí un choque eléctrico en la mejilla. Él retiró su mano y me susurró en el oído: “es la hora, la hora de ser una estrella más en el cielo”.

Y la lluvia llegó. Cortinas de agua se abalanzaron sobre nosotros. La ciudad sumida en la oscuridad de la noche sólo pudo estremecerse al escuchar mis gritos al ver que el amor de mi vida comenzaba a electrocutarse y a consumirse en llamas. Su piel se derretía y dejaba ver sus metálicos huesos, los cuales sobresalían de su cara y de sus manos mientras yo, desesperada, pedía ayuda, pero nadie acudió… Nadie nos ayudó. Era como si todo hubiese sido eminente.

Me habían vestido con una bata blanca y me habían dado muchas pastillas. Mi mamá se había quedado conmigo toda la noche, pero yo estaba perdida en mis pensamientos: ¿qué había sucedido? ¿Dónde estaba mi Tom? ¡¿Por qué me había pasado esto a mí?! ¡¿A él?! Y cuando me interrogaba con estas preguntas, las lágrimas se me saltaban mientras los ojos se me llenaban de terror al recordarlo ahí, plantado, muriendo frente a mis ojos. Mis gritos se escuchaban por todo el hospital y mi madre, tratando de tranquilizarme, me sujetaba mientras los enfermeros me inyectaban calmantes. 

Y sólo así, mientras drogada escuchaba a mi mejor amiga, Jessy, y a mi madre hablar con unos oficiales, entendí todo. 

Yo era una prestigiosa doctora e ingeniera biónica. Me habían galardonado por crear algunas prótesis orgánicas y por ser partícipe en miles de investigaciones que ayudaron al crecimiento de nuestra actual tecnología robótica, pero cuando cumplí cuarenta y cinco años vi que mi vida se había alejado, que mis amigos se habían casado y ahora veían a sus hijos crecer y que yo… yo me había quedado sola. Mi padre había muerto y mi mejor amigo se había mudado. Entonces, opté por crear a mi hombre, un hombre perfecto, y funcionó. Jessy decía que cuando era de noche, salía con él y luego lo guardaba en mi cobertizo, que en ocasiones me llenaba los pies de lodo y que me mojaba, pero que parecía sonámbula y olvidaba todo al día siguiente. Decía también que le cambiaba a Tom un chip que tenía en la cabeza para que realizara los planes que a mí me gustaría haber hecho al día siguiente y que lo programaba para cuidarse del agua y de cosas que lo pudieran dañar. Lo había diseñado a mi medida. Pero poco después esto se convirtió en un secreto a voces y todo el mundo lo sabía. Me juzgaban de loca, y al parecer lo estaba, puesto que todo era una ilusión, una perfecta ilusión.

Imagen: Chuck Miller (Flickr)